viernes, 16 de marzo de 2012

El Lado Oscuro (Parte 3)

Volví por donde había venido, una cabina, dos cabinas, tercera cabina y me levanté. Lo bueno de la última cabina es que tenia una pequeña ventana por donde me tocaba escapar. Abrí muy despacio y esperé a que el agente quisiese comprobar porqué su detenido tardaba tanto. En un par de minutos llamó a la puerta de la cabina. Después abrió, cuando se agachó para socorrer a lo que quedaba del asesino me agarré a la ventana y salí.
Desde el alfeizar no había mucha distancia al suelo solo era un primero. Salté a un pequeño jardín que había justo debajo, gracias al jardinero y sus montones de hojas la caída fue menos dolorosa de lo que parecía.
Estaba perfectamente. Los tobillos se resentían un poco pero nada grave. Podía correr. Corrí hasta el final de la calle sorteando gente. Sorprendidos se apartaban o se asustaban a mi paso.
No era normal un tipo vestido de negro con un pasamontañas huyendo a esa velocidad.
Giré a la izquierda en la primera esquina, hacia las obras. Me acerque al camión de cemento y eché allí dentro el pasamontañas y el cable, cuando rellenasen el suelo del edificio las pruebas quedarían atrapadas para siempre allí. Crucé la calle y monté en mi coche. Marcha atrás medio metro, girando todo a derecha y metemos primera. Varios coches patrulla pasaban por la calle a la que tenia que incorporarme. Paso de cebra. Una anciana cruzaba.
Mi amor ya nunca llegaría a ser una anciana, por la demencia de ese asesino. Pero ese asesino tampoco cumpliría ni un día más.
Intermitente, ceda el paso, giro a la derecha.
Conduje día y noche hacia el norte, hacia la playa. De vez en cuando ella aparecía en mi mente. Mis ojos se humedecían y la carretera se volvía borrosa.
Desechaba esos pensamientos no quería tener un accidente... Necesitaba llegar hasta la playa.
A ella siempre le encantó la playa, yo nunca la he soportado. En aquella playa quería estar en este momento... con ella.
Ya nunca podría llevarla allí, ni ver cómo se bañaba, como era feliz.
Me la había quitado dos veces. A la segunda había muerto.
Sé que el dicho es a la tercera pero yo siempre he tenido prisa.
Paseé por la playa hasta dejar atrás la arena y subí por los acantilados. Era otoño así que la playa no tenia gente ni ese aspecto veraniego que nos enseñan en televisión.
El camino hasta la cima era inclinado, trabajoso, jadeaba.
El acantilado estaba húmedo. Las olas rompían con fuerza y el aire llevaba las gotas de agua hasta mi cara.
El agua salada del mar se mezclaba con mis lágrimas.
Me acerqué al borde.
En mi mente ella me sonreía. Incluso me pareció oír su voz, su risa. Incluso sentí el sabor de sus besos de nuevo. Tenia la cara empapada y del pelo me caía agua que recorría mis mejillas hasta gotear por la barbilla y la nariz. Había empezado a llover y no me había dado cuenta.
Las olas rompían aun con más fuerza. El cielo estaba nublado, todo era gris.
Me quité las botas y los calcetines. Pisaba la poca hierba que había, fresca, mojada. De mis labios salió un “te quiero”.
Abrí los brazos, en cruz.
Sentía el viento en mi cara, lo sentía chocar contra mi pecho, juguetear en mi camisa desabrochada, enfriando mi cuerpo. Me quité los guantes de cuero que aún permanecían puestos. Quería sentir el viento en cada parte de mi cuerpo.
Los tiré al mar. Volví a poner los brazos en cruz.
Las palmas de cara a la dirección del viento.
No sentía nada.
Ya no sentía dolor ni miedo.
Simplemente estaba vacío.
Una pobre carcasa de algo vivo...
Solo me quedaba el amor por ella.
Di un paso más, los dedos de mis pies estaban en el aire. Estaban empapados, fríos.
Recordé como calentaba sus pies en mi estómago bajo la camiseta cuando llovía y los tenia muy fríos. Recordaba como sus manos se metían bajo mi ropa cuando paseábamos juntos. La de veces que cogí frío por permitirle hacer eso... La amaba con locura.
Le grité a Dios preguntandole qué le había hecho para que pasase esto.
Allí solo, llorando descalzo y empapado, gritando a un Dios que parecía haberme dado la espalda.
Pronto se lo preguntaría. Antes de ir al infierno por incumplir el quinto mandamiento.
Me sentía como una lágrima sin rostro que mojar. No tenia motivos para vivir.
En ese momento pensé que había sido una idiotez deshacerme del cable y el pasamontañas... total, a donde voy las pruebas no sirven.
Di el último paso y mi cuerpo se precipitó al vacío.
Dicen que cuando vas a morir ves tu vida en un minuto.
Es mentira. Solo ves aquello que has amado y que realmente te hizo feliz.
Yo la veía a ella...

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