lunes, 19 de marzo de 2012

Crónicas de Hoppe. Arathi.

La lluvia mojaba mi cara, corría por mis mejillas empapando mi larga barba.
Frente a mi, Arathi, una campo de batalla que llevaban disputándose alianza y horda durante años.
Cinco bases con valiosos recursos para ambas facciones.

Había sido reclutado en Ventormenta mientras buscaba posada.
Mis ideales eran honrar a la tierra y la vida, no me incumbía la guerra... pero no podía permitir que mis compañeros avanzasen solos. Así que allí estábamos Argentum, Genra, Masacron, John y yo.

Como me gustaría encontrarme charlando en Darnassus  y no aquí en medio de la nada, sentirme seguro y por todos los ancestros, sentirme seco también. Llevábamos horas parados bajo la lluvia esperando la orden de algún teniente recién salido de la academia.
Habíamos llegado al alba y debía ser mediodía. Todo bajo la lluvia, sobre el barro.

El resoplido de un huargen a mi izquierda me sacó de mis pensamientos. Era Genra, un cazador de extraño acento que llevaba un mastín con él.
A su derecha Argentum un paladín especializado en usar la luz sagrada como fuente de sanación.
Masacron, un chamán enano que usaba el poder de los elementos para potenciar sus hachas y John, un guerrero humano bastante nervioso que rara vez veías lejos de Masacron.

Éramos la primera línea de carga. Al otro lado del campo de batalla sonaban los gritos y golpes de lanzas y escudos.
Detrás de nosotros el ejército de Ventormenta que, como siempre, se valía primero de mercenarios diestros en la batalla para afianzar las bases.
El joven teniente levantó una bandera verde, la horda descendía hacia el valle montando sus lobos, kodos y podridos caballos no muertos. Un macabro espectáculo sin duda.

- Pobres renegados - Murmuré.

 Siempre sentí lástima por ellos, algunos ni siquiera recordaban su vida o su nombre antes de haber muerto y haberse convertido en... eso.
Sin embargo, aún sentían el dolor de su pérdida, de su vida.

Arreamos nuestras monturas y empezamos a desplazarnos a gran velocidad a la primera base, unos establos.
Desde ellos tomaríamos el control de las tres bases más cercanas, la herrería, un aserradero y una mina, todos recursos necesarios. Formaban tres peldaños de una escalera, separadas cada una de la anterior por un acantilado, la más alta el aserrado en el flanco derecho, centrada y un poco más baja la herrería, en el flanco izquierdo y enterrada, la mina.

El punto más alejado y base central de la horda, la granja. Alimento que podría saciar el hambre de la tropa en esta batalla.

Avanzamos a paso ligero, codo con codo, observando cómo la horda avanzaba desde la granja. Subimos el camino irregular que ascendía hasta el aserradero, con cuidado de no caer al acantilado.

Escuchábamos a la horda subir por el lado opuesto, el otro camino a la base, y apretamos el paso para intentar tomar ventaja y ganar terreno.

Una vez arriba nos encontramos cara a cara con la horda, un orco, un no muerto y un enorme tauren que portaba un hacha más grande que Masacron.

Apretamos más el paso forzando las monturas a un galope frenético, era el momento de cargar.
Vencer o morir.

Maza en mano grité mientras corría hacia el enemigo, montado mi tigre, Falamer . En el momento justo del choque una luz cegadora nos envolvió a todos. Un hechizo potente lanzado por Argentum, sin duda.
El poder de la luz sagrada que nos protegía, nos sanaba y nos daba calor.

Aproveché el momento para lanzarme sobre un orco guerrero derribándole de su montura. Fue fácil, había quedado cegado por la luz.
El temible lobo de guerra que montaba se lanzó sobre mí, pero Falamer estaba curtido en muchas batallas y lo embistió atrapando su garganta entre sus dientes.
Rodamos por el suelo embarrado mientras forcejeábamos. No cesaba de llover.

En cuando me puse en pie invoqué el poder de la tierra, sanando a mis compañeros.
Cambié mi forma de elfo por mi forma de oso y me lancé inmediatamente contra el guerrero orco.
Dio un paso atrás y afianzó su enorme escudo, agarrándolo con las dos manos para resistir el embate. Era un escudo rojo, con la forma del símbolo de la horda.

De un golpe el orco cayó de espaldas y su hacha fue a parar lejos, semienterrada en el fango.

Mientras corría hacia él, un gran mastín me adelantó lanzándose a la yugular del orco inmovilizándolo en el suelo, pataleando y manoteando sin poder levantarse mientras un elemental invocado por Masacron lo golpeaba con sus puños de piedra, rompiendo costillas y magullando la carne, varias flechas pasaron rozando mi cabeza, silbando en mi oreja derecha y clavándose en el pecho del orco.

El huargen rió.

Cargaba flechas del carcaj al arco con una velocidad increíble, su rostro de nuevo serio mostraba su concentración y templanza en la batalla, mientras caminaba lentamente hacia el enemigo. Una cicatriz en el ojo izquierdo hacía su mirada aún más fiera.

De pronto una luz iluminó mi pecho, sentía calor, otra cura de Argentum.

Era el momento de comenzar a sanar en serio. Invoqué todas las sanciones que la tierra me permitió, subiendo desde el suelo la misma esencia de la vida.
En susurros comencé a invocar  más sanaciones lanzándolas sobre mis compañeros, Masacron y John castigaban fieramente al tauren paladín, evitando que realizase ninguna cura a sus compañeros. El pícaro no muerto había desparecido.

Mientras el mago, también renegado, el último miembro de la horda en pie, les alcanzaba con sus hechizos.

Fuego y hielo eran invocados contra Masacron y John.

En el momento que el mago comenzó a susurrar un potente hechizo de fuego, una flecha atravesó su cuello silenciando su voz y haciéndolo caer al suelo desplomado. Su cuerpo cayó cerca de Masacron que de un golpe certero en la rodilla del tauren hizo caer al paladín mientras John asestaba el golpe final en su pecho atravesando la armadura.

Habíamos tomado el aserradero, era momento de plantar el estandarte y esperar órdenes.

- ¡¡¡LOS HACEMOS RETROCEDER!!! - Gritó una voz a lo lejos, quizá desde la herrería - PERSEGUIDLES HASTA LA GRANJA -

Los cuernos sonaban.


Tomé las riendas de Falamer que permanecía sobre el cadáver del lobo huargo aunque con una herida en la pata, no parecía grave. Monté y seguí a mis compañeros.

Falamer parecía seguro, así que apreté el paso.

Comenzamos el descenso a la pequeña granja donde resistía fuertemente la horda.

Nos reunimos con el resto de nuestra escuadra frente a la granja y nos organizamos, al frente un muro de escudos, detrás cazadores, brujos y magos.

Avanzábamos despacio aguantando las flechas y hechizos que impactaban en el muro de escudos.

Seguíamos avanzando  mientras la lluvia nos seguía empapando, los pies se hundían en el barro hasta los tobillos, ralentizando aún más la marcha y la ropa sobre la armadura pesaba aún más por el agua.

El enemigo montado, se disponía a cargar, guerreros y paladines se acercaban a nosotros a gran velocidad montados en sus lobos y kodos de guerra.

- ¡Manteneos juntos!- Gritó alguien desde la retaguardia.

Agarramos los escudos, para darles más fuerza y tratar de resistir.
Me puse entre John y Masacron, agarrando el escudo del humano.
Los tres empujando el mismo. La meta, resistir.

Las flechas silbaban sobre nosotros, los hechizos de los magos congelaban los escudos o los calentaban hasta casi obligarnos a soltarlos. Hombro con hombro, al final de cada escudo comenzaba el siguiente escudo, al final de cada hombre comenzaba el siguiente. Un muro de metal y carne que debía resistir el embate que se acercaba.

Su monturas se quedaron paradas de forma brusca, cayendo, rompiéndose patas y lastimándose en la caída, algunos jinetes cayeron al suelo, rodando por el lodo resbaladizo, estaban irremediablemente atorados en el barro. Sus patas se habían hundido súbitamente y la fuerza de la carga se volvió contra ellos.

En teoría, eso ponía las cosas más fáciles. No habría embate que aguantar, se decidiría mano a mano en el barro.

El primero en llegar a nuestro muro de escudos fue un elfo de sangre guerrero que chocó contra el escudo que ayudaba a mantener. Los escudos de la horda empujaban los nuestros con fuerza, intentando abrir una brecha. Sus gritos al otro lado me helaban la sangre, el vaho de sus respiraciones ascendía sobre nosotros mezclándose con el nuestro, se les escuchaba gruñis y gritar a tan solo unos centímetros de mi rostro. Para un humano de estatura media ver lo que había al otro lado de un escudo así, era difícil.
Era un escudo de infantería, pensado para un humano, no para un enano de Forjaz como Masacron.
Para él, dada su estatura era imposible ver nada al otro lado de ese muro de metal.

Empujaba con fuerza, apoyando el costado y la cara en el escudo, resoplaba.

- IRHEM NO MOGORTH- Gritó un orco con la voz algo quebrada por el esfuerzo.

- ¡¡¡RESITID!!! - Gritó Argentum a mi lado, apoyándo sus manos sobre Masacron.

Me agaché poniendo mi rostro a la altura de Masacron, metí la mano bajo el escudo agarrando el canto de mi escudo y el del orco al otro lado.

Miré a Genra, asintió con la cabeza.
Grité y levantó de golpe ambos escudos dejando sin protección al orco que, sorprendido y con los brazos en alto, no pudo reaccionar.
Dos flechas se clavaron en su pecho haciéndolo caer.
Dos pícaros gnomos aprovecharon el hueco en la línea de escudos para entrar difuminados entre las sombras sin ser vistos para llegar a sus sanadores.

Los escudos empezaban a separarse y caer, las armas chocaban entre si, parando golpes que podrían ser letales.

La batalla estaba siendo larga y ambas partes estaban perdiendo sus fuerzas.
Yo me encontraba frente a un elfo de sangre que aún empujaba con fuerza hacia mi, blandía mi bastón intentando hacerle llegar algún golpe por los laterales del escudo o desde arriba, pero no llegaba a alcanzarle.

La punta de los pies del elfo asomaban por debajo del mi escudo empujándonos, ganándonos terreno. Debía mantener la línea en la medida de lo posible sino el resto correría peligro por nuestra culpa, Masacron no podía más y se desplomó. Gritó mientras se levantaba, maza en mano.

Genra disparaba, castigando a sus sanadores al otro lado de la linea de choque. Los picaros atacaban a sus magos y cazadores haciéndolos caer uno a uno. Argentum junto a los demás sanadores lanzaban hechizos a los heridos, Masacron se unió a John y se encontraban en su propio mano a mano contra dos picaros no muertos, espalda con espalda, aguantando sus dagas asestando y recibiendo golpes sin descanso.
No había nadie que pudiese ayudarme y el elfo seguía ganándome terreno centímetro a centímetro. Seguía viendo la puntera de sus botas por debajo del escudo, ¡Yo no sabía manejar escudos!.
Intentaba hundir más mis pies en el barro para conseguir más fuerza, aún así me seguía desplazando.

Rezando a Elune para que mi idea funcionase elevé el enorme escudo todo lo que pude por encima de mis rodillas y esperé que metiese más el pie, en cuando su pierna asomó bajo mi escudo, lo dejé caer con toda la fuerza que pude conseguir.

Sonó un chasquido seco y un fuerte grito al otro lado del escudo, había conseguido romper su tobillo.
Dejé caer el escudo y le pude ver allí tirado en el barro, arropado con su propio escudo rojo y dorado, el emblema de Lunargenta, con la lluvia cayendo sobre su rostro arrugado en una mueca de dolor.

- Que la lluvia limpie nuestros pecados - susurré para mi mismo. Avancé hasta él convirtiéndome en oso y hundí mi enorme zarpa en su cabeza. Sonó un crujido.

Cuando levanté la mirada, al otro lado del vaho que salía de mi boca, solo vi muerte. Los muertos descansaban sobre un suelo de sangre y barro, cadáveres hundiéndose en el lodo. Algunas monturas paseaban sin jinete desorientadas.

Recogí el estandarte de las manos de un elfo de la noche y caminé hacia la granja. Clavé el estandarte en el suelo de un campo lleno de calabazas, ahora pisoteadas y rotas.

El frío había llegado hasta nuestros huesos y el cansancio no nos permitía hablar.
Genra miraba como el cuerpo sin vida de su mastín se hundía en el barro lentamente.

Falamer yacía muerto en el flanco derecho, había caído frente a un Kodo de guerra Tauren.
Masacron maldecía por que había mellado una de sus armas.
John estaba sentado en el suelo recuperando el aliento, con la mirada perdida.
Sus brazos descansaban apoyados en sus piernas.

Una pícara elfa permanecía de pie contemplando el final de esa batalla.

No hay prisioneros, solo cuerpos pisoteados y rotos, sin vida, cubiertos de sangre y barro.

Por el camino de la herrería venían los refuerzos, ejércitos de la alianza con sus armaduras relucientes y sus caballos descansados y limpios.

Caminé hacia Argentum y tropecé con la calavera de un no muerto, sin carne en el rostro y con la mandíbula arrancada. Miré a Argentum.
Y él asintió. Se dio la vuelta y caminó hacia el destacamento que se aproximaba.

Me acerqué a Falamer mientras Argentum hablaba con el capitán de ventormenta, dándole el relevo.

Cuando llegué al lado de noble tigre lo miré un momento, acaricié su cabeza y recé a Elune para que lo acogiesen en su regazo y lo cuidasen. Había sido un gran compañero de batallas, por desgracia esta había sido la última para él.

- Tenemos la granja, tenemos los recursos, todo el valle es nuestro... Pero hoy no siento la gloria.- Murmuré para mi mismo.

Una mano agarró mi hombro.
Me levanté y puse mi mano sobre el hombro de Masacron.

- Es el momento de movernos, volvemos a casa.- Dijo casi sin mover los labios.

Llevaba una espesa barba gris, típica de los enanos de Forjaz. Empapada y desaliñada, ni siquiera podía distinguir su boca.

- Vámonos - contesté.

Masacron echó a andar hacia el resto del grupo que ya habían emprendido la marcha.

Contemplé un momento como el cuerpo de Falamer se hundía en el lodo antes de emprender la marcha.

- Adiós viejo amigo.- Me di la vuelta y comencé a caminar hacia los demás.

Las gotas seguían empapando mi cara, el agua goteaba por mi nariz y por el extremo de las trenzas de mi barba.

El ruido de los soldados descargando cajas de los carros y amartillando barricadas de madera se iba quedando atrás, caminé tras del grupo hasta ponerme a su altura. Al llegar a los establos subimos en un carro, hacia ventormenta.

Dejábamos atrás un cruento campo de batalla.

A lo lejos, los cuernos de la horda volvían a resonar...
Un nuevo destacamento llegaba para retomar el valle.
Ya no nos incumbía. Nuestro contrato había terminado.

El nombre de nuestro gremio ahora sería aún más respetado, seríamos héroes y gozaríamos de fama y prestigio...
Pero yo, un druida elfo instruido para sanar, seguía sin saber donde estaba la gloria.

- Hoppe -

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