viernes, 16 de marzo de 2012

Botellas. (Parte I)

"Esperó en el puente durante horas. El viento era frío y húmedo. Chocaba contra su cara con fuerza. Subió su cremallera hasta la barbilla, hundiendo después su rostro hasta la nariz en la holgura del cuello.
Los codos apoyados en la barandilla, mirando el río, las manos colgando en el vacío. La mano que sujetaba el ramo de rosas estaba fría y entumecida. Soltó un suspiro y soltó lentamente las rosas.
Cayeron al agua sin hacer ruido y se desplazaron apaciblemente, meciéndose con la corriente. Miró el reloj, ya llevaba horas allí parado. Suspiró de nuevo y decidió volver caminando a casa. Ella nunca apareció.

De camino a casa todo le parecía triste, las calles oscuras y mal iluminadas de la ciudad, la carretera húmeda, los coches lentos y pesados que circulaban por esa superficie mal pavimentada...

Hasta los escaparates de juguetes le parecían algo melancólicos, con todos esos muñecos mirándole inmóviles con su expresión triste. La vieja farola de la esquina donde se encuentra su bar preferido titilaba, como siempre, como si de luciérnagas se valiese para iluminar.

Se paró frente al viejo bar irlandés.
Contempló la puerta de madera, tosca y pesada y decidió no entrar. El viejo dueño del bar, un anciano menudo llamado Budd sabía de su cita y no quiso enfrentarse a su curiosidad. No quería ver a nadie, así que siguió caminando hasta salir de la zona de edificios altos y entrar en su barrio, de casas bajas.

Las vallas de su calle estaban todas rotas y deterioradas, los jardincitos delanteros yermos. Algunos árboles eran la única vegetación que quedaba antes de llegar a su casa. El único jardín de toda la calle que tenía plantas vivas.

Vivía en un barrio oscuro, como todo en su ciudad. También mal iluminado, como el resto. Apenas veía a sus vecinos. De hecho, no estaba seguro de tener vecinos.

Una silueta esperaba frente a su casa. Era una mujer. Su abrigo rojo se movía con el aire y su pelo, también de un rojo fuego, ondeaba suavemente, como siendo peinado por la mano invisible del viento.

Era ella, sin duda. Podría reconocer su silueta a kilómetros si hiciese falta. Sus ojos no dejaron de mirarla mientras se acercaba. Su corazón latía más rápido y fuerte, su cara trataba de guardar la compostura y sus pies titubearon un poco, como esas veces en que sabes que alguien te mira y se te olvida cómo andar.

Llegó frente a ella. Pero no levantó la vista. La dejó clavada en la punta de sus botas. Esperando.


Ella solo le miraba. El pelo, la frente, sus ojos detrás de esas gafas pequeñas de color azul, algo infantiles. Deseaba abrazarle pero no era el momento, además, su cuerpo no respondería, estaba demasiado entumecida.


La boca de Opie dejó de ser controlada y habló desde detrás del cuello del abrigo, a través de la cremallera las palabras salieron rápido casi atropellándose unas a otras.


- Te esperé 4 horas y no apareciste. – Aún seguía con la vista puesta en el suelo. La movía de la punta de sus botas a la punta de los zapatos de ella.

- Lo siento.- Dijo Ary, con un tono triste tintado de culpa.
- Ya...-
- ¿Guardaste mis rosas?- Preguntó tímidamente Ary.
- No.-
- ¿Que hiciste con ellas?- Opie odiaba que Ary pusiese ese tono inocente de niña cuando estaba enfadado con ella.
- Tirarlas al río.-"

Miró las hojas escritas, cada fila de pequeñas hormigas negras, perfectamente alineadas, cargaban sus palabras.

Suspiró, como asegurando a la habitación vacía, que no estaba del todo seguro de que esto funcionase... Soltó el bolígrafo y tomó las hojas, como echando un último vistazo, sin leer nada de lo que había escrito.
Las alineó con un par de golpecitos, “pat, pat” y las enrolló en un fino canutillo.
Cogió la botella del escritorio e introdujo el tubo de hojas dentro.

Puso el tapón de corcho y lo golpeó un par de veces, ajustándolo.

Suspiró de nuevo, se levantó del asiento y cogió el abrigo del respaldo del sofá de oficina en el que se sentaba a escribir.
Se acercó al perchero y cogió su viejo sombrero, mientras atravesaba el despacho se lo caló, ladeándolo levemente, como a Ary le gustaba.

Abrió la puerta y salió de la oficina, parándose un instante en el pasillo antes de tomar ninguna dirección.

Sacó un cigarro, se lo llevó a los labios, inclinando la cabeza, acercándola al encendedor con los ojos entrecerrados. Una vez encendido levantó la cabeza, miró al techo, mientras guardaba el encendedor en un bolsillo y sobre el otro se posaba su mano derecha, sobre la botella de vidrio con su mensaje dentro.

- Loqueros...- Murmuró para si.

Giró sus pies y empezó a caminar despacio por el pasillo hacia las escaleras.
Se sentía absurdo, pero quizá funcionase el sistema que le había propuesto el psiquiatra. Contar su historia, dos hojas cada vez, meterlas en la botella y dejarlas caer al mar.
Como si hiciese físico el acto de deshacerse del peso que le oprimía el pecho.

Bajó las escaleras entre caladas de cigarro. Salió a la calle y puso rumbo calle arriba. Caminó hasta salir del pueblo, se alejó, camino del mar que rugía a lo lejos.
Se apartó del camino, entrando en el campo y siguió hasta llegar al acantilado.

La hierba corta y húmeda, dejaba pequeñas gotas en sus zapatos.

Una vez en el borde, acarició de nuevo la botella que sobresalía del bolsillo del abrigo.

- Deshacerme del peso... – murmuró.
Tiro del cuello de la botella, sacándola del bolsillo. La sostuvo en su mano, mirándola. Permaneció en esa postura por un momento, como si repasase cada palabra que había escrito y ahora iba a viajar dentro de esa botella.

El cigarro ya apagado, aún entre los labios, el abrigo largo mecido por la brisa del mar, la otra mano metida en el bolsillo...
Finalmente suspiró de nuevo, sacó la mano del bolsillo, agarró la colilla de entre sus labios  y lanzó la botella al mar.

- Hum. No me siento más ligero.- Las comisuras de sus labios se arquearon ligeramente, como esbozando una media sonrisa. 

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